La tradición cuenta que Kleio (Κλειώ) la musa de la historia y la poesía épica bendecía las obras  dedicadas a la grandeza. Nuestra labor es hacerle honor a su nombre.

por: Luis Ricardo López Alvarez

Pareciera una idea clara, o algo de sentido común, decirle a cualquiera que al comunicarse con nosotros comience por el principio. Sin embargo, nos ocurre a muchos que cuando contamos una historia, solemos regresar varias veces al pasado de nuestra narración para añadir elementos o porciones que se nos han olvidado; e incluso añadimos la posibilidad de qué habría pasado si hubiésemos hecho algo diferente.

Esto se debe a un claro y severo cuadro de falta de estructura y orden. Pero no es una condición de muerte y hoy voy a decirles cómo darle solución. En anteriores columnas he tenido la oportunidad de darles a conocer elementos previos a la escritura de cualquier texto: desde las dificultades que pueden encontrarse para poder expresarse por escrito, hasta la importancia de saber por qué escribimos y a quién nos dirigimos. Esto nos permite tener una idea clara de las ideas y el modo en el que las vamos a presentar.

¿Pero qué hacer cuando nos ocurre lo contrario y tenemos mucho para decir, pero no sabemos cómo hacerlo sin aburrir lector?

Antes que nada, vale la pena aclarar que todos escribimos a diario; todos somos escritores o, mejor dicho, todos somos comunicadores. Por eso, no solo los grandes novelistas o los poetas deben ser los únicos que cuiden su redacción; también nosotros tenemos la tarea de expresarnos con claridad.

La mayor parte de escritores y novelistas cuentan con un excelente editor que les ayuda a sacar las tortillas del comal para no quemarse las manos.
Cuando tenemos mucho que decir y no sabemos cómo, suele suceder que lanzamos palabras al papel a como se nos van ocurriendo: una tras otra decimos toda la lección que tenemos en la memoria.

Pienso que esto es parcialmente bueno, pues demuestra que no tenemos temor a expresar nuestras ideas y no estamos editando al mismo tiempo lo que hemos escrito.

El gran problema es que al expresarse por escrito y en ocasiones también cuando hablamos; podemos llevarnos muy malos momentos si no pensamos y planificamos antes de juntar palabras: porque podemos ser mal interpretados, decir de más o de menos en nuestra comunicación; o simplemente dar un mensaje incomprensible que requiera que tengamos que narrar nuevamente.

Para corregirlo es preciso planificar el texto con estructura y orden; esto se alcanza, como en el cuento de la Cenicienta con tres palabras mágicas; la diferencia es que las nuestras en lugar de Bibidi babidi bu son: inicio, nudo y desenlace.

Algunos dicen: -no tengo tiempo, sencillamente no puedo tomarme el tiempo para escribir y planificar. Pero los momentos llegan tal y como se los puede tomar para compartir una publicación en redes sociales: puede hacerlo en la fila del banco, en un descanso en el trabajo, en un semáforo en rojo, en una conferencia aburrida, al viajar en un taxi, diez minutos antes de dormir o unos minutos después de despertarse. Hay pequeños momentos en los que podemos ir juntando ideas para hacer luego el tiempo de reunirlas y revisar la información.

El filósofo griego Aristóteles nos invitaba a utilizarlas allá por el siglo IV a. C, en su libro La Poética, los presenta como componentes necesarios de una obra dramática. Sé decirles que para cualquier otro tipo de texto funcionan muy bien, pues dan un sentido y orden lógico que permite al lector encadenar las ideas que le presentamos y asimilarlas con mayor claridad.

El orden será mantenerse en cada uno de esos tres momentos de nuestra redacción, y no moverse de él salvo que sea para unir ideas anteriores que sustenten lo que estamos diciendo.
El inicio es la planificación del terreno; podemos comenzar dándole contexto al lector de lo que vamos a hablar, presentarnos a nosotros mismos o utilizarle para relacionar este mensaje con uno que ya le habíamos hecho llegar.

El nudo es la parte mas importante de la información que queremos transmitir, aquí presentaremos donde viven los problemas y conflictos de nuestro mensaje; explicamos el propósito de la comunicación e invitamos al lector a tomar acción o a darse por enterado de algo que ocurre.

El desenlace, por otra parte, es el cierre; el lugar donde las ideas cobran sentido y se explica que de no tomar acción con los problemas que se tienen, algo puede ocurrir. Allí podemos plantear soluciones. El desenlace es un espacio para despedirse y solicitar al lector una comunicación futura, o terminar todo contacto.

Como hemos visto, son tres momentos sencillos para tener en mente; es un orden estructurado y lógico que los lectores esperarán encontrar; si sus mensajes son de importancia y seriedad; como ya lo he dicho antes ¡no se tome licencias literarias!; no comience por el desenlace, pase al inicio y concluya con el nudo; planifique en una hoja de papel los temas e ideas que va a tratar con su receptor.

No es descabellado por tanto recordarnos y recordar a otros que es preciso planificar un texto, juntar todas las ideas que se tienen, establecer una jerarquía u orden de importancia, utilizar los tres momentos de inicio, nudo y desenlace; para luego transmitir por escrito lo que queremos comunicar.

Entrada publicada orginalmente en LaVozdeXela